Me da corte decirlo, bueno escribirlo, pero quiero hacerlo.
No fue más que una vez pero sí, yo me acosté con el marido de mi amiga.
No es porque estuviera muy bueno o me gustara mucho, fue porque estábamos borrachos.
Ella no estaba porque se había ido en un viaje de trabajo. Mi marido tampoco estaba por la misma razón. Se le rompió la secadora y me vino a preguntar -vivíamos puerta con puerta- cómo podía arreglarlo. Como conseguí que funcionara me invitó a cenar y sacó un vino para las ocasiones especiales. Y nos lo bebimos todo, y champán y ron. Y acabamos besándonos en el sofá y acostados en la alfombra del salón.
La verdad es que no me enteré mucho de como iba yendo todo, pero en los pocos momentos en que fui consciente, no sentí culpa sino un gran morbo y excitación.
Otra cosa fue a la mañana siguiente, cuando me despertó el dolor de espalda y ví que no estaba en mi casa sino en el puto suelo del salón de la casa de ella.
Tenía que ir al baño sin demora y con el ruido, él se despertó. La vergüenza sí que fue descomunal. Además me sabía mal la boca, estaba desgreñada y él con el pito colgando no estaba nada atractivo. Farfullamos no sé qué y me fui corriendo a mi casa. Me tuve que estar diez minutos bajo el chorro de agua caliente mientras lloraba desconsolada. El problema era cuando se lo diría él a ella. Porque seguro que se lo diría. Los hombres son tan capullos que si se sienten culpables creen que se liberarán al contarlo. Me iba a caer una y buena, y por nada.
La sorpresa fue a la tarde cuando picó a la puerta y muy serio me dijo que no representaba nada entre nosotros, que no le gustaba nada de nada y que no se lo pensaba decir jamás a su mjuer y que si yo se lo decía porque me sentía culpable, él lo negaría todo.
Desde luego me sentó mal lo de que no le gustaba nada de nada, pero me alivió mucho comprobar que no tenía intención de decirlo.
Han pasado diez años, seguimos siendo amigos los cuatro y nunca, que yo sepa, se lo ha contado. Yo por supuesto que tampoco.
